Nació el 27 de octubre de 1947 en La Paz, en el distrito Estaca de la provincia de Entre Ríos. Desde 1977 hasta 1986 trabajó como encargado civil en el ex Campo Militar San Pedro ubicado en el distrito de Campo Andino, a 12 kilómetros de Laguna Paiva. 

Fue un testigo clave para el hallazgo en 2010 de los restos de ocho militantes santafesinos secuestrados, asesinados y desaparecidos durante la dictadura, que fueron enterrados en una fosa clandestina en el lugar. Entre ellos se encontraban María Esther Ravelo, Carlos Bosso, María Isabel Salinas, Gustavo Pon, Oscar Winkelmann, Miguel D’ Andrea y los restos de un hombre y una mujer que aún no fueron identificados. 

Dos años después de hacer su aporte a la justicia, falleció.

Castellano, Kaplan y Kofman en el Campo San Pedro. Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
Castellano, Kaplan y Kofman en el Campo San Pedro. Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas

El Campo San Pedro

El predio tiene 2100 hectáreas y pertenece al Ejército Argentino. En 2012, a través de la lucha de los organismos de Derechos Humanos, se constituyó como un Sitio de la Memoria.

Durante la última dictadura, fue utilizado por el comando 121 de Artillería y las fuerzas de la zona como un centro de exterminio y de enterramientos clandestinos. También como lugar de entrenamiento y de arrendamiento de hectáreas para la agricultura y la ganadería. 

En 2007, la Casa de Derechos Humanos presentó la denuncia y se estableció una medida cautelar que impide el ingreso de los militares al campo.

La causa aún no fue elevada a juicio, se encuentra en una etapa de investigación. Según los testimonios hay más restos de personas desaparecidas enterradas en el lugar. 

Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas

El sábado 8 de septiembre de 2006, en la comuna de Soledad, Hugo Kofman y Marcelo Villar, integrantes del Foro contra la Impunidad y por la Justicia y Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, se presentaron en la puerta de la casa de Castellano con un grabador de periodista (los viejos, con cassette), una computadora y un micrófono para entrevistarlo. 

No era la primera vez que se veían.  En agosto, Kofman, Villar y otro integrante del Foro, Sergio Kaplan, lograron dar con él después de una intensa búsqueda; y una semana antes, habían ingresado al Campo San Pedro junto a Castellano para reconocer el lugar y ubicar con la mayor exactitud posible las fosas.   

En su libro “Mirar la tierra hasta encontrarte” Kofman cuenta que en el pueblo lo describieron como “un hombre alto, elegante, que siempre llevaba puesta su corralera”. Las referencias que les brindaron contrastaron con el señor que les abrió la puerta. Era un tipo delgado, encorvado. Tenía 58 años, pero parecía de 70. Casi había perdido un pulmón y no paraba de fumar. Vivía con su esposa Alicia Romero y sus hijos, Evelina y Emanuel en una casa muy humilde. Su hijo más grande, Carlos, vivía en el Sur pero ese día estaba de visita. 

Castellano esperó 30 años para dar su testimonio. Durante miles de días conservó prolijamente unos documentos que rescató antes de irse de la estancia, donde figuraban los nombres y apellidos, fechas e ingresos de los oficiales, suboficiales y soldados que pasaron por allí. También guardó en su memoria la ubicación de las fosas, entre la laguna, la picada y el monte. 

A medida que habla, tose mucho y se queda en silencio por un rato.

–Cuando llegué al campo, los vecinos de la zona ya comentaban que hacían ese trabajo ahí. 

–¿Que mataban gente? 

–Exacto. 

En la primera visita, cuando Kofman, Villar y Kaplan se retiraron de su hogar, el testigo le comentó a su esposa “es como si Dios los hubiera enviado”.

Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas

El hombre consiguió el puesto de encargado gracias a la recomendación de su cuñado, que tenía un familiar en el Ejército. Los militares le arrendaron 124 hectáreas para sembrar y le dieron un techo en el casco de la estancia, donde se fue a vivir con su familia.

Al principio tenía tres soldados a su mando, que lo ayudaron a alambrar y a realizar tareas rurales. Al año se fueron y se quedó solo.

Los militares hacían entrenamientos bélicos y a veces participaban los servicios de inteligencia. En varias ocasiones, le pidieron a Castellano que se ausentara del campo por una semana o quince días, para realizar “instrucciones nocturnas”.

En una de esas oportunidades, cuando regresó, encontró una excavación enorme que le llamó la atención.  "Siempre hacían pozos, pero ese estaba tapado, a los demás los dejaban abiertos" afirmó.

"Uno entra a mirar, a observar. Un hombre de campo como conoce, ve qué movimientos hicieron en el suelo", expresó.

En otro momento también encontró una bala 9mm clavada en el tronco de un ceibo y al lado una fosa pequeña.  En el lugar halló un sueco y una cadenita, pero las descartó por miedo. 

Años más tarde, volvió al lugar en busca de pruebas. “Recuerdo que hice un pozo y saqué un huesito, levanté la pala y había un dedo de una mano, con uña y todo", relató. 

Además reconoció otras cinco o seis fosas más chicas, que nunca supo si eran "de simulacro o para enterrar cadáveres". 

Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
Foto gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas

¿Qué hace que una persona quiera colaborar con la justicia, en las causas por delitos de lesa humanidad ? 

Kofman piensa que es una cuestión de solidaridad y de sensibilidad: “Estamos buscando a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a nuestros familiares desaparecidos. Eso genera cierta empatía. La decisión de colaborar de los testigos no tiene que ver con la lectura política que hagan de ese momento. Los asesinatos y la desaparición de los cuerpos es algo que la gente no tolera, hasta por una cuestión religiosa. Que no permitan a un familiar acercarle una flor a sus muertos, resulta inaceptable.”

En 1985 parte del equipo de la ex CONADEP visitó el Campo San Pedro. Los militares sospecharon que Castellano había hablado. Le envenenaron los gatos, le cortaron la luz y a pesar de tener un contrato de locación que aún no había vencido, ordenaron su desalojo para el día siguiente. 

Ese mismo día, su mujer y sus hijos tomaron un taxi a Laguna Paiva. Apenas dos años después del fin de la dictadura, sin juicio a las juntas, ni genocidas presos, el temor era otro.

El peón pidió ayuda y paseó sin suerte por varias oficinas. Un tiempo después una resolución judicial logró que se quedara un año más. Luego se volvió con su familia a La Paz, y al tiempo se mudó a Soledad, donde pasó sus últimos años bajo la tranquilidad de los eucaliptos, trabajando en el arreglo de maquinaria agrícola. 

Gracias a su testimonio se pudo recoger información muy valiosa y el Equipo de Antropología Forense (EAAF) pudo hallar en 2010 una fosa, ubicada en el sur del campo, dentro de un monte y cerca de un sembrado.

A pesar del cambio de la vegetación y las crecidas, Castellano ubicó la zona casi a la perfección. Kofman recuerda que ese día, el testigo estaba muy débil. “Había mucho viento, sin embargo se movía ágil, como todo baqueano. Observaba cada detalle, iba reconociendo el lugar.”  En un momento, después de varias vueltas y unas horas de caminata, se detuvo en la zona más alta del campo y dijo: “será acá o no más de 30 metros a la redonda” 

Años después la zona señalada fue la indicada, la fosa se encontró a 300 metros de allí. 

"Lo que esté a mi alcance y que tenga razón y conocimiento que pueda ayudar a colaborar, lo voy a hacer siempre" afirmó Castellano, y cumplió.